El terror de tener libros

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Desde la vuelta de la calle se oyeron gritos de alegría, un grupo de hombres armados con rifles y garrotes tenían a su padre rodeado y lo golpeaban con sus rifles, y gritaban: confiesa díganos ¿donde están los libros?

El  padre con su sombrero tirado en el polvo de la calle, pateándolo por los paramilitares como una pelota de jugar  lo miraban con odio, con rencor, su abrigo destrozado,  su cara llena de sangre, con pasos lentos temblando se arrastraba en el suelo, los verdugos con empujones lo trajeron al patio.  No lo entraron a la casa, sino, fueron a la  casa siguiente que servía como bodega o establo, llena de pasto donde a veces en las frías noches del invierno ponían  a proteger el burro de la vecina que se lo prestaba.  

En unos hoyos de la pared el padre   tenía su literatura escondida del clima de terror que reinaba en el país. Ahí le gustaba  leer solo, sin que nadie lo molestara.

Gritos de alegría, gritos de vencedores se oyó, a todo el pueblo. Los verdugos tiraron los libros en el polvo del patio y como locos los pateaban,  como no sabían leer, seleccionaron los que tenían la más linda  cobertura y los guardaron. Estos libros son la evidencia de su culpa. Al   padre le gustaba mucho leer, leía todo lo que  caía  en sus manos, tenía ideas liberales, de igualdad de libertad para todos y esto era al contrario con las ideas conservadoras del Gobierno, el cual por miedo del comunismo había creado  los paramilitares que aterrorizaban el pueblo.  

Con empujones y golpes lo sacaron otra vez a la calle. La  madre llorando les suplicaba de no matarlo, él era un hombre que no había hecho daño a nadie, los seguía, con su cara hinchada de dolor de muelas, cubierta con un pañuelo. Lo llevaban a las afueras de una iglesia, donde había un árbol solitario de roble.

Un  primo de    él  le fue a prestar ayuda, gritando:

-Hermanos, paisanos, no lo golpeen, no lo maten, el hombre no ha hecho daño a nadie.-        

Lo agarraron por detrás le torcieron las manos y le dijeron,

-Si no-té largas de aquí vas a tener la misma suerte.-

El primo se fue. La  madre quedó sola. Lo llevaron bajo el palo  de roble detrás del cementerio de la iglesia y lo siguieron golpeando, sus gritos sus quejidos se oían en todo el pueblo. Cada uno de sus gritos y de sus quejidos entraba como cuchilladas en el corazón de su pequeño hijo. La  madre fue a buscar un primo lejano que tenía conocidos en las autoridades policiales, las cuales no hacían nada para protegerlo. Con la presión del jefe de policía los paramilitares, lo dejaron vivo, pero con una condición,  tenía que abandonar el pueblo, lo expulsaban de su casa.

Gabriel Panagiosoulis


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