LA ESTRELLA PÚRPURA

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Héctor M. Taboada
Tabetor

El General Malcom Robert se cuadraba esa mañana frente al espejo, sonreía al verse reflejado como un héroe legendario. Se observaba con la gallardía que lo caracterizaba, enmarcado en la bandera que se destacaba a su espalda totalmente desplegada, como un manto de estrellas. Recordaba las  incontables ceremonias oficiales que jalonaron su ascendente carrera, mientras sostenía en su mano la más codiciada estrella que prohombre alguno al servicio de su patria hubiere obtenido jamás. Y él,  “el General Malcom Robert”, la habría de colocar sobre su uniforme de gala con la perfección obsesiva con que ha hecho todo en la vida, con la eficacia certera de una mente brillante. La perfecta imagen sería digna de recorrer el mundo si aún existiera. Se sentía profundamente orgulloso.

Se observaba meticulosamente; nada pudía quedar librado al azar, cada gesto habría de ser analizado y revisado, profunda y minuciosamente. Debía demostrar a las claras que era un triunfador. Debía dar la idea de su omnipotencia, del ser superior que era en realidad, aunque no fuera ésta la ceremonia que merecía su alta dignidad, pues no era la situación que había soñado; no habría banda de música, ni vítores, ni aplausos; no sería aclamado por las multitudes cuando en un lujoso descapotable atravesara la ciudad; no habría serpentinas, ni fanfarrias, ni clarines; no tendría quien   descubriera algún busto en su honor, no vería su figura esbelta plasmada por siempre en el bronce eterno; no habría quien desplegara a su paso mullidas alfombras rojas. Pero, finalmente, nada de eso importa pues ¡ha cumplido con su deber! . Ahora puntillosidad obsesiva cuida hasta el último detalle de su impecable apariencia. Luce su pelo cano prolijamente peinado; ostenta su pecho altivo  cubierto de condecoraciones, de brillantes medallas pendientes de gruesas cintas de color ocre ambarino con encarnados tonos purpurinos. Es la primera vez en tantos años de guerra que puede mirarse tranquilamente a los ojos, que puede dedicarse a sí mismo un tiempo de paz largamente merecido y postergado. Aunque, sin duda, valió la pena el esfuerzo. Sus dedos acarician la pulida estrella de encarnados destellos; reconocen sus vértices, palpan sus aristas, recorren sus bordes una y mil veces. Sus pupilas se encandilan con los haces blanquecinos de potentes reflectores colocados sobre el espejo, ve como sus destellos multiplican hasta el infinito, el frío sortilegio del punzante emblema  y lo envuelven  todo, ¡en un mágico aire de grandeza!.

Sabe que la máxima condecoración es un justo premio para él, porque ha comandado hábilmente los ejércitos más poderosos del mundo, ha dirigido con maestría las más potentes máquinas de matar que haya sido capaz de crear el maravilloso ingenio humano. Él es experto en el arte de la guerra y ha dedicado su vida al asesinato masivo más costoso, a la más importante cruzada de la historia, al mayor esfuerzo bélico que imperio alguno haya emprendido jamás en la fatal  historia de la humanidad. Aunque nunca hubiera querido que el final fuera de esa manera, pero así lo quiso el altísimo; ya que las consecuencias son sólo designios de dios, era un mandato divino, porque había sido el creador el estableció la violencia como el mecanismo natural de selección de las especies, par la supervivencia del más “apto”.

Así, sencillamente, sin la descarnada violencia ni la evolución ni la vida hubieran sido posibles. La tierra ha sido siempre constante y generosamente regada por sangre inocente, millones de vidas, en todos lo tiempos, fueron víctimas crédulas. Seres engañados, arrastrados, sometidos o fanatizados por el poder ciego de ambición, llevados a la muerte tras solemnes ideales que arteramente esconden la única y mesiánica intención de conquistar. Los mediocres han sido siempre  inmolados en luchas donde nada tenían que ganar o que perder, sacrificados en  ofrenda al dios del poder que se nutre con la sangre de los ingenuos. Sólo los seres superiores saben utilizar mejor que nadie la natural perversidad de los hombres,  la idolatría y el fanatismo, ambos productos de la inveterada ingenuidad humana. Y todo comenzó siglos atrás como un satánico juego virtual sobre un tablero de ajedrez que representó al mundo entero. ¡Sagrada misión la encomendada a los hombres superiores! Llevar la civilización a todos los rincones del mundo,  imponer la salvación, la redención de las almas, aún a costa de la efímera y miserable existencia terrenal de los impíos, a la cual eran tan afectos los profanos.

Siglos antes hubiere sido proclamado Rey o Papa por las multitudes fanatizadas, aún con muchas menos conquistas, pero en cambio a él le había tocado el alto honor de coronar la sagrada misión, colocar el “broche de oro” del triunfo final, el fin de la lucha. Desde siempre ha sido el destino de su raza colonizar a los salvajes, llevarlos al conocimiento de la verdad espiritual, conducirlos al progreso. En todos los tiempos su estirpe ha cumplido con la responsabilidad mesiánica  de liderar la humanidad, de ser la avanzada de la ciencia, la mano de la justicia. Él mismo debió convertirse en el adalid de las causas justas, de la lucha por la libertad. Su generación ha sabido, incluso, adelantarse al progreso, optimizar la economía, con el cálculo preciso, la ecuación exacta, el rendimiento pleno. Muchas veces ha debido sacrificar la cantidad por la calidad y no ha sido fácil ni ha sido grato asumir funciones divinas, decidir sobre la vida y la muerte, dejar de lado los afectos, someter los sentimientos al arbitrio de la razón práctica, al pragmatismo a ultranza, a la búsqueda de la excelencia. Aunque, “¡gracias a dios, nada es tan grave cuando le sucede a otro!”. Pero para ello se ha visto obligado a hacer lo que nunca hubiere soñado, lo que jamás hubiere hecho de no estar comprometidos el mandato histórico y el porvenir de la patria. Cuando desobedeció lo hizo con justa razón. Cuando asumió la total responsabilidad de las acciones y sus daños colaterales lo hizo como un tributo más a los supremos ideales católicos y patrióticos a los que ha dedicado su vida. Ha sido sólo un instrumento más de la grandeza de su patria. Ha debido dar lo que más amaba para cumplir con su deber, por ser fiel al destino inexorable que impone el devenir histórico, siguiendo el mandato de dios, que desde el gran diluvio y desde Sodoma y Gomorra, consagra el cruento remedio del exterminio. Desde las guerras santas, que acallaron las voces de los ateos, que sometieron a los herejes, que aplastaron a la chusma y a la mediocridad para llevar a la moral a su máxima expresión y a la virtud a su intemporal reinado, no ha habido un mayor ni más constante desafío para la conciencia y la inteligencia humana que esta misión. ¡El sino de su tiempo fue maximizar la eficiencia!, optimizar el uso del  recurso humano hasta el rendimiento pleno, auque fuera preciso para ello eliminar el lastre. Primero fue la colonización financiera con  la imposición en todo el mundo del más excelente sistema de dominación, “la hegemonía de medios al servicio del “Imperio dominante”, los que ayudaron a lograr así la máxima relación entre inversiones y beneficios para luego llegar a todos los rincones de la tierra con  la mayor eficacia productiva y someter al mundo a nuestro arbitrio. El mejor producto al mejor precio en el menor tiempo, también fue necesario aniquilar la actividad industrial ineficiente, deshacerse de inútiles y burocráticos entes estatales, destruir emprendimientos sociales de escasa productividad,  imponer el predominio de la empresa privada y entronizar una forma depurada  de eficiente e imperceptibles “monopolios privados”; fundar una forma de “empresocracia” que tomara para sí los poderes de los antiguos “Estados Nacionales”, para ello se debieron sortear barreras burocráticas y legales por los procedimientos más diversos, buscando los métodos más proficuos, promover las alianzas entre regímenes políticos y afianzar el sistema de premios y castigos para estimular la competencia y el individualismo, globalizar el comercio y la producción, optimizar la distribución internacional del trabajo, afianzar el dominio de los más capacitados, adoctrinar a los medios de comunicación y utilizarlos en el manejo de las masas. Claro, es natural que cuando las presas se agotan, los predadores deben medirse entre sí. Y aquí también primó su intuición visionaria, cuando el recelo cundió entre los poderosos del mundo no dudó, que la eficacia sería otra vez cuestión de vida o muerte, que debía obrar con anticipación, prever los acontecimientos, adelantarse a los hechos, impartir las órdenes exactas y precisas, ya que otra vez el ideal puesto en juego llamaba a su hora más sublime, a quebrar el eje del mal, a prevalecer, a competir y ganar, a ser el mejor entre los mejores. Y así lo hizo, aún a costa de sus propios e ineficaces mandos civiles, aún a costa del peso inerte de sus propios afectos, lo dio todo por la victoria. Pero, gracias a él, los resultados superaron largamente los planes más optimistas; ha extendido gloriosamente las fronteras de la patria hasta el límite de lo imaginable, incluso hasta donde nunca jamás podrá personalmente llegar. Concluía orgulloso que, de hecho, se extendía su soberanía hasta el límite del alcance visual de su oponente y su menguada capacidad defensiva, aunque, lamentablemente, después de tanta lucha, quedaran ambos  en igualdad de condiciones, como al nacer la humanidad. Pero no tenía por qué aceptar esa situación todavía, no tenía por qué opacar su victoria dejando con vida a su último enemigo; tal vez una celada complete la obra… la última emboscada… A pesar de que existe un riesgo, ¿quién a quién?, ¿quién sería ”el último vencedor”? Tal vez debiera exigir lisa y llanamente la rendición incondicional, la total sumisión a sus propósitos… o al menos, tratar de llegar a un acuerdo. El General Malcom Robert no lo piensa más y esconde un puñal en su chaqueta, ha de culminar su obra maestra, ha de aniquilar a su último enemigo, porque la guerra legitima el homicidio. “Todo sea por la patria” piensa y sonríe. Luego, decidido, acciona el dispositivo electrónico que abre las pesadas puertas de hierro, las que lentamente, con un zumbido seco, con cibernética precisión, se descorren para dejar penetrar un espectro de tenue luz mortecina que se introduce por la amplia abertura iluminando el recinto. Mientras el viento cargado de un olor fétido le da en la cara, va subiendo por las escalinatas como un autómata cumpliendo un ritual inexorable, “como si saliera de las entrañas de la tierra, un hombre nuevo” (se dice a sí mismo con hidalguía), “será un pequeño paso para un hombre, pero un gran paso para la humanidad”. Mientras asciende paladea su triunfo; solemnemente ha de dar el primer paso fuera del refugio y lo hace como si el mundo entero estuviera pendiente de su aparición, aunque afuera, sólo lo espera  el opaco disco del sol abriéndose paso entre el humo que emana de las cenizas de la más descomunal hoguera que mortal alguno hubiere visto jamás, a lo lejos se extiende un reguero gigante de sangre, que tiñe de rojo bermellón  el oscuro horizonte crepuscular.

Entre la niebla fétida, los gases y el humo tóxico de las hogueras, entre la lluvia ácida y los despojos radiactivos, el General Malcom Robert, con su uniforme de gala, con su impecable apariencia, henchido su pecho altivo colmado  de condecoraciones y con un puñal arteramente escondido, abandona por primera vez desde que comenzara la guerra, su eficiente refugio antiatómico. Va en procura  de encontrarse con su oponente al que jamás conoció, ni siquiera  de nombre,  para proponerle esta vez dejar de lado los ideales, los principios, olvidar por un momento la competencia, la eficacia y la excelencia, olvidar las diferencias políticas y raciales, para cambiarlas por un razonamiento básico, simple, primario si se quiere, porque es necesario comprender que no se puede vivir encerrados y que a pesar de las duras circunstancias no hay nada personal entre ellos, todo ha sido por imposición histórica, por el progreso de la humanidad, por los más supremos ideales. ¿De qué vale vivir sepultados en catacumbas de cemento?. ¿Para eso han dado su vida millares y millares de fieles soldados, en  ejércitos prolijamente entrenados y adoctrinados?. Miles de héroes valientes caídos en cumplimiento del deber con el cerebro lavado, millones de vidas de seres inferiores masificados y sacrificados para depurar la humanidad, la intensa y prolija limpieza racial y étnica que se llevó a cabo en beneficio del progreso, ¿de qué valdría si nadie viviera para reconocer su victoria, si no tuviera sobre quién ejercer su señorío?. Recién entonces, caminando sobre la tierra yerma, respirando el aire enrarecido por los restos humeantes, los deshechos radioactivos y despojos humanos calcinados, en la soledad más absoluta, observa su imperio y se complace en la vista de un mundo en llamas. Se da cuenta que es el dueño del planeta y por un halo de inmortalidad se siente cubierto de pies a cabeza, cierra los ojos y se regocija en su grandeza, respira profundo el aire impregnado de muerte y luego comprueba que, absurdamente, sólo podrá llegar hasta donde lo lleven sus pies; irónicamente, a pesar de su magnífica presencia, apenas podrá existir mientras alcance a retener un átomo de oxígeno puro para su aliento. Es el  amo y señor del mundo entero, sin embargo… ¡hoy su mundo es tan pequeño! Se pregunta si vivirá aún el General Enemigo. Quien quiera que sea lo encontrará algún día para matarlo, o para firmar la paz, o al menos para dialogar con alguien… ¿O sólo entabló la contienda contra una eficaz maquinaria cibernética con reacciones perfectamente automatizadas, una de las más eficientes máquinas de matar jamás creadas por el maravilloso ingenio humano, las que fueron ideadas para repeler los ataques, aún a costa de la destrucción total? ¿Será el suyo el agónico triunfo de la eficacia, el logro mayor de la mejor estrategia ideada por la inteligencia máxima? ¿Será la consagración definitiva de la raza superior?.

El General Malcom Robert, en la cúspide del universo, con su uniforme de gala, es “El Soberano”, el más perfecto ser humano de un mundo destruido, el amo de un planeta estéril y desolado; es quien ha conseguido el objetivo anhelado por todos los conquistadores de la tierra: dominar a la humanidad toda. Éste es el justo logro de su mente brillante que ha sabido motivar estratégicamente el patriotismo y el valor en sus soldados, el fanatismo y la obsecuencia en sus seguidores y capitalizar eficazmente la credulidad y mansedumbre de los pueblos. Hoy es victorioso, sus dominios abarcan todas las latitudes, allende todos los horizontes domina la tierra entera. Son suyas las aguas teñidas de sangre. Son suyos los restos humeantes, el polvo esparcido, los campos cubiertos de radiación y de barro, la lluvia ácida y los árboles yertos, los  despojos de la humanidad que yace inerte, doblegada y  vencida, tendida a sus pies. Recién entonces el General Malcom Robert comprende: ¡está solo en el mundo!, puede hacer con él lo que quiera, sin duda, es poco menos que… ¡Dios! Y ostenta sobre el pecho ¡la más codiciada estrella! La máxima condecoración que prohombre alguno al servicio de su patria hubiere obtenido en tiempo alguno: “¡La Estrella Púrpura!”. En poco tiempo más el general Malcom Robert podrá dejar pudrir sobre su vasto y desolado imperio, ¡el cadáver  más condecorado que sobre este mundo se haya podrido jamás!.

Héctor M. Taboada
Argentina

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