Ruth Sancho Huerga

Sorolla tiene vuelo de gaviota,
luz de pescadores,
telar blanco en un lila atardecido.

En Cataluña
huele a pescado,
atunes para una lonja lisonjera.

Mar entre los pinos
y olor a salmonete y a sardina,
con el cesto de mimbre
en la cabeza,
remendando las redes,
y entre una cosa y otra
la luz se crece.

En esa Valencia coloreada
de risas de naranjas,
es ácido tintineo de campanitas
que trotan sobre un asno
anciano y terco.

Sorolla es pintoresco.
En la fiesta de la virgen
se viste con caballos
y palmeras.

En Elche, en El Palmeral
es un blanco de cal
sobre la piedra,
y dulzura
de dátiles abatidos
por algún tramontana receloso
de tus suspiros.

En Andalucia es baile,
luz de abanicos,
de farolitos de papel,
luz de ventana
que entra por las rejas
bailando en alba,
luz de guirnalda,
de color carmesí
sobre tus labios,
luz de tus manos
tocando panderetas,
luz repicando
en la fuente de piedra
y en los geranios.

En Sevilla es Nazareno
es luz de luto,
encapuchada luz de duelo,
de cirios y velones,
luz de balcones,
y una virgen sufrida
rodeada de dorados
y de flores,
su manto macareno
luz de bordados.

Otras veces,  Torero
Como clama la plaza!
Como brama el gentío!
Le han dado dos orejas
por tanto brío.
Por hacer la faena
tan bien lucida,
y es en los palcos
mantones de Manila,
destellos de una espada
que se reflejan
muriendo en pinceladas
de luz de feria.

En Castilla es La fiesta
del Pan,
recién horneado.
Las murallas de Avila
van despertando
a ritmo de tambores,
y entre flautas
se adormecen los campos.
El pan que le alimenta
fue luz crujiente,
refrescada en botijos,
metálicos collares
fueron ojos solares
del estío,

y en los pañuelos
de las muchachas
se regodea,
y se vuelve cosquillas
en los mofletes
de una luz de pastel
de las chiquillas.

Es la luz que se cuela
entre polainas,
dentro de zapaticos,
y en las fajas
muere encegado,
por su propio alumbrar
aprisionado.

Es la tela de saco
que en un carro a trompicones
lleva apilados
vasijas,
platos y cazuelas,
cerámica y tesón de Talavera,
luz cuarteada,
moldeada y cocida
por rosadas sonrisas
de las mozuelas,
luz de las eras.

En Aragon – La Jota.
Y mira esa mañica
que gira y vuela,
que danza y se desliza,
que se revuelve
en giro y en colores
y algarabía.
Es brillo en una joven,
chispa del juego,
claridad que se enreda
entre jirones,
contraluz de las rocas
que hay en el fondo,
oscuro que protege
y que se esconde,
lumbre petrificada en tierra y ocre.

En Navarra, El Concejal del Roncal.
El concejo le mira
en primer término
con sus capas de negro
y sus borlones.

En Extremadura,
en el mercado,
es ibérico y ancho.

Y en Galicia,
en La Romeria,
la gaita va llenando
de luz la ría.
Empanada en las cestas
y humedad en las hojas
del árbol del misterio.

Y en Guipúzcoa,
Los bolos.

Mira la Guipuzcoana que sonrisa,
Es la fuerza del hombre
que lanza el bolo
como si fuera un sol
que se hubiera apagado
de tanta luz vertida
por los costados.

Sorolla
se condensa en el lienzo del mundo,
en trazados de vida,
en detalles inmensos,
es la luz interior
de esta España profunda,
de su gente y su tierra,
del folclore y su fiesta,
y en sus dedos de rayo
se derrama
iluminando a un pueblo
que tanto y tanto
ama.

Ruth Sancho Huerga
Melbourne

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