Cinco Dinares

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VIAJE AL FONDO DEL ALMA HUMANA

Hector M. Taboeda

La mañana brumosa se desplomaba como un capote gris hasta el lejano horizonte del estrecho paisaje, y la espesa niebla, ocultaba parcialmente, la lengua de mar que se mecía burlona lamiendo la bahía. Mientras que  lentamente, desde la inmensa garganta de la eternidad sin tiempo el arcano impenetrable vomitaba el nuevo día, derramándolo apenas, como una estela de luz bajo el pálido sol de Puerto Ensueño, el que con tímidos efluvios luminosos, asomaba temeroso como dudando salir.

¿Qué hacía yo esa mañana, con las manos en los bolsillos, mirando el horizonte y soportando estoicamente, las inclemencias de la madrugada otoñal? . ¿cómo y porque? Simplemente la respuesta no la sé y quizás nunca la sepa.  Sólo, se que con las sienes doloridas abrigando entre mis manos,  por el cansancio abrumado me tendí sobre la arena, con los párpados pesados y la mirada perdida doblegado por la intriga existencial de la vida.¡De pronto surgió! , aunque, Continue reading “Cinco Dinares”

Siempre

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Tabetor

Sólo el eco tenue de los latidos tras la breve sombra del olvido, tan sólo el leve perfume de tus labios y una profunda pena sin sentido, sin lágrimas, sin olvido. Sólo el viento frío en la penumbra helada y el recuerdo de tu voz desgarrada en los oscuros rincones de la nada, de la nada sin tiempo, la nada eterna del nunca más, irreversible y trágico. La inmensa mole de la impotencia congeló mis venas y mis sentidos aniquilando mi comprensión y mi alma.

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LA ESTRELLA PÚRPURA

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Héctor M. Taboada
Tabetor

El General Malcom Robert se cuadraba esa mañana frente al espejo, sonreía al verse reflejado como un héroe legendario. Se observaba con la gallardía que lo caracterizaba, enmarcado en la bandera que se destacaba a su espalda totalmente desplegada, como un manto de estrellas. Recordaba las  incontables ceremonias oficiales que jalonaron su ascendente carrera, mientras sostenía en su mano la más codiciada estrella que prohombre alguno al servicio de su patria hubiere obtenido jamás. Y él,  “el General Malcom Robert”, la habría de colocar sobre su uniforme de gala con la perfección obsesiva con que ha hecho todo en la vida, con la eficacia certera de una mente brillante. La perfecta imagen sería digna de recorrer el mundo si aún existiera. Se sentía profundamente orgulloso.

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