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Christina Tsardikos
En parto elguineo me arrancaron de tu cuerpo, madre mia,
las manos asesinas que cercenaron mi desnudez marmórea.
Mutilaron mi identidad, negaron mi origen, me hicieron cautiva.
Y mis despojos subastaron en tratas de reliquias inhumanas.
Oh Atenea, madre amada!
Extranjera en tierras extrañas
Yo que he sido átomo en la luz de tu gloria…
Yo que he sido alma en tu piedra esculpida.
Ruth Sancho Huerga
Todo lo que hoy escriba
me va a saber a poco.
Describir su sonrisa diaria de amapola
y esas bromas conjuntas de jardin de verano,
sus lagrimas de escama cuando el desprecio hiere,
sus pasos de gorrion
o su dormir de nube,
se me hace muy escaso
o suena a prototipo.
Hablar de sus poderes
y consejos de bruja,
sus estudios de master en “Pocimas de Amor”,
de su orden obsesivo de dicator febril,
su paciencia de Santa,
su entrega transparente como fuerza del rio,
sus rabietas de cria
o lo bien que le sale la comida el domingo
no parece que sean
materia para halagos
o versos de marfil.
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Hector M. Taboeda
¿Qué hacía yo esa mañana, con las manos en los bolsillos, mirando el horizonte y soportando estoicamente, las inclemencias de la madrugada otoñal? . ¿cómo y porque? Simplemente la respuesta no la sé y quizás nunca la sepa. Sólo, se que con las sienes doloridas abrigando entre mis manos, por el cansancio abrumado me tendí sobre la arena, con los párpados pesados y la mirada perdida doblegado por la intriga existencial de la vida.¡De pronto surgió! , aunque, Continue reading
Ruth Sancho
(Desde el Parque Tayrona. Colombia. 2008)
Amanece el Tayrona bajo tu piel.
En cada uno de tus besos de mango.
En el hormigueo de tus yemas
Recorriendo las sutiles sendas del placer
Transportando los verdes suspiros de tu frescura.
Amanece en tus ojos,
donde se ocultan las luciérnagas nocturnas;
En la corriente interna de tu mirar
que me arrastra,
con el oleaje de tu parpadeo
a lo más profundo de un mar de gozo.
Ruth Sancho Huerga
Sorolla tiene vuelo de gaviota,
luz de pescadores,
telar blanco en un lila atardecido.
En Cataluña
huele a pescado,
atunes para una lonja lisonjera.
Mar entre los pinos
y olor a salmonete y a sardina,
con el cesto de mimbre
en la cabeza,
remendando las redes,
y entre una cosa y otra
la luz se crece.
En esa Valencia coloreada
de risas de naranjas,
es ácido tintineo de campanitas
que trotan sobre un asno
anciano y terco.
Ruth Sancho
(From Kings Canyon.
Outback. Australia. Oct. 2006)
En la Ciudad Sagrada de los Hombre Luritja
El viento sopla en círculos concéntricos
Y se aplaca en sus calles su cola enroquecida.
El Viento gira,
Gira el Viento,
Gira
Horadando la piedra,
Sedimento aborigen,
Crea cuevas rupestres donde se alberga el Mito.
Ruth Sancho
(A Miguel Hernández)
Nace Miguel
y se nace la luz
Mediterránea.
Levantino de espuma
que temprano germinas,
que pronto te floreces
entre este olor a tierra y clavelinas.
Eres larga sonrisa,
sonriente acequia
que recorre los huertos,
que se comparte
y abres compartimentos,
puertas de piedra,
más pesadas que el tiempo,
más duras que la noche encarcelada,
y a la luz de alborada
vestida de azahares
te derramas,
te rebosas,
te desbordas naranja
redondo entre marxales.
Ruth Sancho
(Dedicado a Miguel Hernández y Josefina Manresa )
Este amor cosmológico,
Inmenso, ilimitado
de fugaces encuentros,
que fecunda los campos
de estos dos cuerpos nuestros
enraizándose,
surcando los más profundos
cadáveres del sueño,
despertando un océano
de simientes,
cimentándose en besos,
este amor de Vía Láctea,
de luna que se crece en mis adentros,
de sangre y barro
de tierra removida,
se está muriendo.
Sólo el eco tenue de los latidos tras la breve sombra del olvido, tan sólo el leve perfume de tus labios y una profunda pena sin sentido, sin lágrimas, sin olvido. Sólo el viento frío en la penumbra helada y el recuerdo de tu voz desgarrada en los oscuros rincones de la nada, de la nada sin tiempo, la nada eterna del nunca más, irreversible y trágico. La inmensa mole de la impotencia congeló mis venas y mis sentidos aniquilando mi comprensión y mi alma.
Héctor M. Taboada
Tabetor
El General Malcom Robert se cuadraba esa mañana frente al espejo, sonreía al verse reflejado como un héroe legendario. Se observaba con la gallardía que lo caracterizaba, enmarcado en la bandera que se destacaba a su espalda totalmente desplegada, como un manto de estrellas. Recordaba las incontables ceremonias oficiales que jalonaron su ascendente carrera, mientras sostenía en su mano la más codiciada estrella que prohombre alguno al servicio de su patria hubiere obtenido jamás. Y él, “el General Malcom Robert”, la habría de colocar sobre su uniforme de gala con la perfección obsesiva con que ha hecho todo en la vida, con la eficacia certera de una mente brillante. La perfecta imagen sería digna de recorrer el mundo si aún existiera. Se sentía profundamente orgulloso.
Katerina Tsernotòpulos
No te tengo aquí y me pregunto:
-Cómo poder abrazarte-
Dentro de mi habitación a oscuras.
Abrazo en silencio mi almohada.
Esta noche voy a tenerte a mi lado.
Noches, oscuridad, ni besos, ni caricias.
Amor lejano me iluminaste la vida.
Días, trabajo, rutina, el canto de las aves.
Katerina Tsernotòpulos
Quiero entrar en tu vida con mi amor
como lo hace el sol por tu ventana
iluminando tu rostro cada mañana.
Ser la lluvia que cuando al terminar
aparece el arco iris para despejar las dudas
de este amor que yo te brindo…
Quiero entrar en tu vida con mi amor,
crecer dentro de ti como las flores silvestres
lo hacen en el campo sin que nadie las siembre
ni cuide están siempre como mi amor por ti está.
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Christina Tsardikos
El derruido aura del alma humana
Vìctima y culpable de la pasiòn
Solo envejece y espera
El regreso de aquellos años,
Que uno a uno, se han ido arrojando en el
Zalongo de los siglos
Tiempos perdidos.
Bendiciones y alegrías
Canciones y risas infantiles
Se hunden mecánicamente en
El turbio Acheron del final